EL reflejo de tu espejo

“El reflejo de tu espejo´´, 2015. (David Lamarca)

 

 

El estado de las personas y el entorno en el que nos desenvolvemos es percibido como
algo confuso, situaciones con una disposición imprecisa. El individuo se sitúa en una
búsqueda personal hedonista, por la que pasa a formar parte de la participación y
contemplación del espectáculo de la posmodernidad. Este nuevo estado posmoderno
pervierte al individuo, creando la indiferencia y el desapego hacia la realidad, por ello,
pienso que es necesario mostrar este análisis y representación de la situación del
individuo en la actualidad.
Mediante este proyecto pretendo que el espectador como individuo posmoderno,
obtenga una serie de ideas mediante la reflexión y la crítica acera de su situación. A
través del análisis y representación de aspectos de relaciones interindividuales, sociales
y con el entorno, muestro realidades muy presentes en nuestras vidas, pero que sus
proyecciones y nuestra asimilación de ellas se encuentran manipuladas. De esa manera,
el objetivo de este proyecto es funcionar como la revelación de un secreto, algo que
existe pero es ocultado con el embellecimiento y banalización de la realidad.
Mostrando una serie de ideas y conceptos, pretendo despertar nuevas realidades en el
espectador, para que pueda apreciar de que manera el sistema, la sociedad y las personas
se están degradando para acabar alcanzando un estado en el que el ser humano acabe
alejándose completamente de todo aquello que nos convirtió en esa condición.

Esta degradación comienza con la historia de Narciso, que es bien conocida hoy en día
ya que es larga su tradición en las culturas occidentales, y ésta cuenta el castigo que le
impusieron los dioses por rechazar a las doncellas. El castigo fue que Narciso se
fascinase y se enamorase de su belleza. Y cuando fue a ir a beber agua a un arroyo por
encontrarse con sed, no se atrevió a beber por miedo a dañar su propio reflejo. Al final,
éste se suicida al no poder poseer el objeto de su deseo, lanzándose al agua y se ahoga.
Donde su cuerpo yacía, creció una flor a la cual se le pondría su nombre.
En la actualidad, ya no estamos ante Narciso, que se queda petrificado ante el reflejo de
su imagen, en este momento, no hay ni imagen. El individuo se sitúa ante un espejo
vacío, el cual, al centrarse tanto en uno mismo, pierde las referencias. No entiende el
por qué y el cómo, desvalorizando las cosas, ámbitos de nuestra vida, relaciones o
comportamientos. Todo ello por el culto al deseo, al placer, y a la vida hedonista de este
nuevo Narciso.
Nos encontramos ante una posmodernidad que convierte todo valor en un producto
consumible y en un signo de ese valor, y simplemente para satisfacer el ego hedonista
que produce en cada uno de nosotros los distintos productos consumidos.
Una época en nuestra sociedad en la que los valores más profundos, las relaciones más
intimas, con el entorno y el contacto humano, se están volviendo efímeras, en
frustraciones, en ideas que se desvanecen , en algo líquido e inestable que se escapa de
nuestras manos.
Al disolverse esos valores, no se disuelve simplemente un sistema de valores, con ellos
también se desvanece el ser humano. Ese sistema que desaparece, es justo lo que
convierte al individuo en humano. Ante su pérdida, el individuo actúa como un
pasajero, encontrándose dentro de una gran incertidumbre que le acompaña tanto en el
día a día, como en el futuro. Esa incertidumbre, tanto diaria y amena, como existencial,
viene potenciada por el desconocimiento de sus fines, por la ignorancia de saber
realmente para que son todos los medios utilizados.
El neonarcisimo es un concepto central en este trabajo, definido como una actualización
de la dinámica del narcisismo clásico y tradicional.
Surge de un abandono general acerca de unos valores sociales, donde el desarrollo de la
individualidad es totalmente ajeno a finalidades comunes. Este desarrollo personal,
egoísta e insolidario, que no contempla el valor del ser humano en relación a sus
semejantes, conduce a una estructura psicológica y social que lleva a la valoración de
mecanismos sociales de sometimiento, mantenimiento y control del Yo.
El individuo desecha una estructura social para adaptarse a una organización que se
desarrolla mediante un sistema, a lo que se llama sociedad. Pero nuestro propósito
colectivo donde se hablaba de progreso, ha mutado a una intención individual, en
beneficio del Yo, a través de un encadenamiento de directrices sociales para luego poder
acceder a una serie de escalas y rentabilidades sociales, con la intención de poder gozar
de ese fruto en pos de una vida hedonista. “Nos movemos en el terreno de las
frustraciones, de la inseguridad, del deseo de controlar del modo que sea una existencia
que no depende de nosotros mismos; son los demonios de la angustia. La carrera de
ratas exhibe sus trofeos –éxito, dinero, prestigio- pero se cobra un precio en la carne y la
sangre de los participantes”1

Esto no surge únicamente como reacción a los medios de masas o al materialismo, sino
que principalmente, surge por un aislamiento generalizado del individuo que cohabita
con el hedonismo, con la necesidad de autocomplacerse, por un actitud de indiferencia
hacia lo que nos rodea, por una degradación en las relaciones entre las personas y su
comunicación (de forma paradójica, puesto que contra mayor avanza la comunicación
respecto a la tecnología, peor es el uso de ésta, así como su función y el compromiso de
ella), todo ello potenciando por los medios de masas y el consumo placenteros de
objetos y símbolos.
La situación del individuo en la actualidad, además de por ese neonarcisismo, también
se caracteriza por la falta de interés o afecto hacia las situaciones y ámbitos de la vida
diaria. Esta indiferencia reinante en la posmodernidad, proviene por el exceso y la
abundancia en diversos entornos. Respecto a la información y su difusión (imágenes y
videos de todo tipo, información de cualquier estilo en cualquier lugar, televisión, móvil
o internet, son ejemplos de información que cohabitan con nosotros diariamente), existe
una rotación de ésta, que desde que queda registrada en nosotros conscientemente o
inconscientemente, la olvidamos por la aparición de otras más espectaculares e
interesantes que las anteriores, imposibilitando el razonamiento de toda la información
que ha entrado en nosotros (anuncios, noticias absurdas, epidemias, desastres naturales,
conflictos bélicos, terrorismo, accidentes, corrupción, asesinatos… Toda la información
tiene su momento cumbre, la atención es recibida por todos, para más tarde olvidarnos
de ella y centrándonos en otros acontecimientos por la manipulación realizada por los
medios de masas).
Tragamos infinidad de imágenes y de frases como representación de signos y valores
que no digerimos como deberíamos hacerlo, asimilando “involuntariamente” una gran
cantidad de noticias, anuncios, series y películas, para estar continuamente formando
nuestra cabeza e identidad, adoptando diferentes series de directrices sociales más
acorde con cada persona, “y no viven más que de una efervescencia artificial de signos,
que todos estos sucesos se desarrollan sin lógica, en medio de una equivalencia total de
las más contradictorias y de una indiferencia profunda por sus consecuencias.”2
El individuo se inclina hacia donde se siente más cómodo, de esa manera, está
predeterminado a asimilar la representación de signos y valores con la que se sienta más
identificado (personas religiosas se inclinan por unos valores y sus representaciones,
personas con un carácter más social, lo mismo, al igual que personas más interesadas
por los negocios etc. siendo estos ejemplo algo muy generalizado.).
El sistema crea más responsabilidades a las que responder, recibimos mucha más
información desde todos los rincones de la Tierra, y ante ello, se crea la paradoja de
mayor abandono e indiferencia ante las diversas situaciones que nos acontecen,
producido también, por el exceso de esa información, en compás con la indiferencia que
camina con nosotros.
En la actualidad, el individuo se ve ahogado por la cantidad de responsabilidades a las
que tiene que responder. Éstas existen de dos tipos, primero las responsabilidades
institucionales y capitalistas, y luego las responsabilidades de presión social. Con las
primeras, las personas ya se ven ante una gran cuantía de obligaciones y cargas, como
hipoteca, médico, automóvil, impuestos y tasas, hijos, padres, animales…, muchas
responsabilidades a las que el individuo, si quiere permanecer en sociedad como alguien
“normal”, debe responder. Fuera de estos, encontramos otros grupos sociales,
rechazados o que rechazan el sistema, que muchas veces no responden a determinadas
responsabilidades institucionales y capitalistas, como inmigrantes, delincuentes,
prostitutas, okupas o vagabundos. Para cumplir todo ese número de obligaciones, el
individuo debe trabajar y mantener su puesto, ya que existe una gran necesidad de
poseer y de cumplir, por lo que cada mes, es necesario un ingreso económico.
Y con las responsabilidades de presión social, que también vienen condicionadas
muchas veces por las anteriores, el individuo siente una especie de intimidación, ante lo
que podría ser un rechazo social.

La sociedad intimida a las personas, crea un temor en ellas que las obliga a cuestionarse
su identidad y su físico, a mirarse con lupa para encontrar posibles defectos que puedan
ser erradicados, y si no, para estar atormentándose acerca de lo que se podría ser, y no
es. Al igual que con el físico, también intimida sobre determinados comportamientos
que se deben aplacar para poder encajar, una serie de pensamientos, trastornos o
depresiones que se deben consultar con el psicólogo y el psiquiatra, un cuerpo que se
aleje mucho del canon actual, y por ello se debe transformar o disimular…”y las gentes
quedan implicadas en un proceso: manipular/ser manipulado, evaluar/ser evaluado,
circular/hacer circular, que no pertenece ya al orden de la representación, ni de la
distancia, ni de la reflexión. Es algo vinculado al pánico, a un mundo pánico.”3
Toda esa presión que pesa sobre el individuo, y de la manera en la que se ejerce, hace
que se centre en su Yo, sobre cómo ser, como estar, como cumplir o como ser en
sociedad. Esa individualización neonarcisita es cómplice de la indiferencia general y la
falta de interés y afecto a las situaciones y ámbitos de la vida diaria.

Por ello, al igual que la información, el desarrollo de la persona, el redescubrimiento de valores,                                                                                                                                                                                 forma parte de esa rotación en cadena y de indiferencia que va unido del cambio.
Dentro de la posmodernidad, la indiferencia es mucho más que una moda, es algo que
se encuentra arraigado en nosotros, habitamos una época donde los diferentes
comportamientos de las personas conviven sin excluirse, donde debemos aceptar todo
aquello que salga nuevo o que restaure el pasado, no debemos discriminar y ser
respetuosos con lo ajeno, así como ensalzar nuestras virtudes y defectos en comunidad,
eso debido a que no existe ninguna referencia estable a la que nos podamos apoyar
(políticos, religiosos, intelectuales apagados por la cultura de masas, ideólogos…), y las
diferentes cuestiones públicas que golpean las mentes de las personas desaparecen tan
rápido como fueron presentadas al ser invadidas por otras distintas (masacres, atentados,
gobiernos y políticos corruptos, desastres naturales, epidemias…) La insensibilización
de la población a través de los medios de masas a producido toda esa indiferencia a los
hechos ocurridos, mientras crece toda ese miedo e inseguridad de las personas a esos
determinados acontecimiento. Como por ejemplo, no nos importa que haya una serie de
asesinatos, pero tememos a caminar por ciertas calles por las noches; los medios de
masas se ven invadidos por el accidente aéreo en los Alpes durante varios días, y en la
boca de todos, y a las pocas semanas mueren más de 600 inmigrantes y pasa delante de
nosotros como un mosca.
Dentro de las relaciones con los demás también encontramos la indiferencia, situándose
el otro ante nosotros como un ser anónimo, un ser lejano a uno mismo que no influye y
que no tendría que influir en nuestra vida privada y personal. Con influir se hace
referencia a la situación de compartir una sentimentalidad, de manera que, las relaciones
sociales tienden a ser muy numerosas y con poco aprecio del otro, pero existiendo la
ambigüedad de ser muy potente la presión ejercida para la aceptación dentro de la
sociedad y un grupo.
Somos seres sociales, por ello, la presencia del otro es de real importancia, aunque hoy
en día, esta necesidad existe porque requerimos la afirmación de los individuos. “Este
espacio de disuasión, articulado sobre una ideología de visibilidad, de transparencia, de
polivalencia, de consenso y de contacto, y sancionado por el chantaje a la seguridad, es,
hoy por hoy, virtualmente, el espacio de todas las relaciones sociales.”4 Precisamos que
alguien nos admita, nos apruebe, para poder seguir llevando a cabo nuestra
reconfiguración del Yo. De la misma manera que es necesaria la afirmación del otro,
también pasa a tener mayor importancia la soledad. No podemos sentirnos solos, urge
una afirmación de nuestra individualización por otros seres sociales. Nuestro aislamiento individual,                                                                                                                                                           paradójicamente, requiere de la presencia y participación de más individuos, aunque ésta sea trivial.

 

Al igual que con las relaciones amorosas, aquí se desvanece la tensión, los nervios, para
aparecer el amor rápido; la indiferencia hacia compromisos para evitar dolores y penas;
la dominación de un cultura sexy y de seducción; lo erótico y lo pornográfico dejó de
ser algo que se guarda cada uno, para ser una identidad que expresar, que anunciar y
proclamar, al igual que funciona como instrumento en el intercambio de signos. Y
luego, muchas de las veces que toda esa cultura sexy se abandona, y surge ese fin del
aislamiento a través del amor, donde en palabras de Erich Fromm definiendo las
relaciones amorosas en la actualidad como “dos personas se enamoran cuando sienten
que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites
impuestos por sus propios valores de intercambio”5, haciendo del amor un valor de
consumo, un signo dentro de la teatralidad de la realidad. Además de que muchas veces
“la felicidad del hombre moderno consiste en la excitación de contemplar las vidrieras
de los negocios, y en comprar todo lo que pueda, ya sea al contado o a plazos. El
hombre (o la mujer) considera a la gente en una forma similar. Una mujer o un hombre
atractivo son los premios que quiere conseguir.”6
En dicha indiferencia se encuentra un vacio emocional, seres inertes que dejan de sentir.
Las personas tienden cada vez más a un distanciamiento emocional, para no tener que
soportar una inestabilidad en sus relaciones o emociones personales y con el entorno.
Tienden a llevar relaciones sin un compromiso grande, con una finalidad pasajera,
desarrollando cada individuo su propia independencia dentro de las relaciones sociales.
Donde a través de huir de los signos de sentimentalidad como herramienta de
protección, se pasa a una indiferencia generalizada a todos los ámbitos eliminando la
emoción y su tensión en las relaciones individuales, sociales y con el entorno. “Al
preconizar el cool sex y las relaciones libres, al condenar los celos, de expurgarlos de
cualquier tensión emocional para llegar a un estado de indiferencia, de desapego”.7
Esas herramientas de protección funcionan como barreras levantadas por uno mismo
que nos protege de nuestros propios impulsos interiores, para no ser vulnerables, al
igual que para protegernos también del resto de impulsos y emociones de los demás que                                                                                                                                                                                               nos puedan afectar.

La desmotivación, la desvitalización, incrementa el vacío existencial que funciona como                                                                                                                                                                                                una rueda que se va convirtiendo más grande. Se crean cada vez
muros más altos, hoy en día proliferados por los usos sociales de las tecnologías, que
funcionan como ventanas a través de las cuáles accedes a la realidad. Muros invisibles
con formas de pantallas nos ayudan a reconfigurar nuestro Yo, de manera que puedas
mostrar lo que quieres que vean los demás, a no ser vulnerables por el contacto directo
en las relaciones o a mantener cientos de amistades de manera indiferente. Este uso
social de la tecnología acaba banalizando la comunicación y la relación que conlleva. El
abuso de la comunicación la dirige a una falta de ésta, el intercambio de información
realizado entre las personas se vuelve trivial.
Esta reconfiguración del Yo también viene relacionado con las barreras y muros
levantados por el individuo, ya que, a través de exponer y mostrar la vida privada de
uno mismo, esta funciona con un efecto inverso, es decir, como manera de ocultar, de
crear una máscara. Contra más se expone una cantidad de información, se crea muros
más grandes que imposibilita ver lo que hay detrás de todo eso, creando reflejos
indecisos de esa realidad. El exceso de información lleva a la desinformación, y no solo
respecto a la de los medios de comunicación, sino que también a la personal, “si lo Real
está desapareciendo, no es debido a su ausencia, es más, hay demasiada realidad. Y este
exceso de realidad lo que pone fin a la realidad, al igual que el exceso de información
pone fin a la información y el exceso de comunicación pone fin a la comunicación.”8
Nos sometemos a una reconfiguración de la información, de las personalidades y sus
relaciones, y de la teatralidad de la realidad. De esa manera, en nuestra sociedad, el
mundo real se reconfigura en imágenes (imágenes de la vida real, estáticas o en
movimiento), unas imágenes que se transforman en realidades, entrando a sí en un
estado hipnótico y de alienación por la alteración de las relaciones entre ideas/conceptos
y las conclusiones o juicios que se genera. Con imágenes no se hace referencia a una
reconfiguración de la realidad a través de la tecnología, sino a una manipulación, a un
embellecimiento, a un trampantojo del mundo real. Esas realidades forman parte de la
teatralidad que nos muestra escenas que aparecen y desaparecen continuamente, llenas
de ambigüedades dentro de cada uno por el aislamiento socializado en el que hemos
construido nuestro propio Yo. La percepción hacia la realidad es opaca, no sabemos
definir bien nuestros estados o emociones, nuestra razón, o no llegamos a comprender
correctamente el vínculo con otras personas. Nuestra manipulación de la identidad, de
nuestro cuerpo como hábitat, de la individualidad, de la sociabilidad, crea esas
ambigüedades e inquietudes presentes en el individuo ante las diferentes situaciones a
las que se enfrenta.

Nuestra vida diaria, la realidad en la que nos encontramos y nos desenvolvemos, se
mueve por el espectáculo, la teatralidad sirve como mecanismo de una diversidad de
“fenómenos” que se ven unificados mediante ese reflejo de organización social
aparente, volviendo ese reflejo de la realidad del espectáculo como nuestra realidad
existente. El orden del caos existente se hace real mediante el reflejo de dicho caos en el
que nos movemos. La apariencia de estabilidad se realiza en consecuencia de la
teatralidad y la reconfiguración del mundo real.
Esta diversidad de mecanismos del espectáculo existente, se compone por una amplia
gama de estructuras sociales, la política, economía, justicia, publicidad, consumo,
tecnología, medios de masas… Una larga lista de “fenómenos” que paradójicamente
juegan con la apariencia de buscar y encontrar la felicidad y el bienestar en las personas,
siendo esto totalmente ficticio. Y la sociedad, aún teniendo información acerca de todos
los desastres y daños causados por estas estructuras, la respuesta es de indiferencia,
contribuyendo a la venta de nuestras identidades y a la contemplación pasiva y
colaborativa del espectáculo.
Dentro de todo ese sistema del espectáculo, el consumo y su valor otorgado a ello,
posee un gran peso, y juega un papel importante en las relaciones con uno mismo y el
entorno. “La primera fase de la dominación de la economía sobre la vida social produjo
en la definición de toda realización humana una evidente degradación del ser en tener.”9
La economía se sostiene sobre un valor de intercambios, al igual que los individuos lo
hacen con su relación con el entorno. En un sistema de intercambios, primero se
establece un sistema de signos (el valor otorgado a cada cosa), sobre lo que se alza el
consumo, que se establece sobre la circulación y la inestabilidad del paso de un signo a
una realidad designada, de un hecho o función, a una representación (se implanta una
representación de un objeto, fenómeno o hecho, a un realidad). Otorgando así una serie
de valores a unos elementos (de consumo), para que represente una realidad.
El objeto no tiene significado en sí mismo, sino que parte de una referencia otorgada en
la realidad, un signo que funciona como parte de la base de la sociedad articulada
mediante el intercambio de signos. La funcionalidad de los objetos pasa a un segundo
orden, adecuándolos a un sistema de identidades, que forma de una manera abstracta al
individuo, convirtiéndolo en los diferentes signos que porta. El individuo valora
proyecciones y reflejos de las superficies y signos externos ante una falta de valores y
objetivos transcendentales. Es decir, con la pérdida de valores incorpóreos, emocionales
o transcendentales, que antes se encontraban presentes en representaciones abstractas,
surgen valoraciones de las proyecciones de objetos y de signos, que se encargan de
representar al individuo de una manera externa y banal. Como la inmensa cantidad de
identidades de productos que no identifican al objeto, sino que a quien identifica es al
consumidor de ello (cambiamos la idea de una marca con prestigio y caracterizada por
su gran calidad a una marca que identifica al portador de ella como alguien prestigioso o
de cierta calidad o estilo de vida).
El consumo cada vez engloba más las diferentes áreas de nuestra vida y entorno,
convirtiendo bienes que antes no se consumían, en productos consumibles. El tiempo y
el entorno, la naturaleza, el agua, la tranquilidad… Ahora se transforman en paquetes a
la disposición de todos o unos pocos, según la calidad y el valor de intercambio que
posea cada uno. De esa manera, a través de la apropiación de unos bienes que antes eran
universales, manipulan y transforman unos bienes comunes en nuevos signos sociales,
que pasan a formar parte del intercambio de signos y sociedad de consumo del sistema.
Así, poco a poco, aumentan los productos/signos consumibles por el individuo.

Dentro de esta sociedad de consumo, existe un objeto el cual tiene el mayor valor
asignado por las personas. Ese objeto es el cuerpo, esa capa que es el producto más
deseado por todos, habitar un cuerpo espléndido, que sea de gozo por su belleza y salud.
Una piel que nos envuelve y funciona como un de los signos más importantes respecto a
las relaciones y a la sociedad. Los individuos desean habitar un cuerpo con el que se
sientan cómodos, con el que no sientan la necesidad de tener que ponerse de acuerdo
con él. “Hoy en día prolifera cada vez más el cuidado y equilibrio físico y psíquico, y de
una forma paradójica, ya que ante el abandono de las prácticas culturales y de
costumbres sociales se pierde, aumentan el interés por el control del Yo. Como la unión
de la práctica deportiva y psíquica, perdiendo el interés por un reconocimiento, para
pasar a buscar la un determinado cuerpo y salud.”10
Los individuos se re-apropian de su propio cuerpo con un ego narcisista de increíble
aprecio-desaprecio hacia él. La relación de la persona con su “hábitat” se implanta de
una manera neonarcisista al pasar a la obsesión por el control y mantenimiento del
cuerpo, al cuidado y mimo, desde la planta de los pies hasta el cabello. “El cuerpo es
sólo el más bello de esos objetos poseídos, manipulados y consumidos
psíquicamente”11.

 

Al convertirse en un objeto de consumo, al igual que ellos, también cambia su valor
funcional por un valor de apariencia, pasa a ser un objeto de culto. Aquí la belleza se
convierte en un deber, ya que también funciona como signo. Pero dicha belleza, tiene
unas representaciones, éstas son las que los medios de masas proporcionan a la
población. A las referencias de bellezas las convierten en meros maniquís que sirven
como representación de una serie de proporciones e identidades que llevan consigo, o
que hacen ver que van con ellas. Desaparece las actrices o cantantes que antes eran
objetos de deseo, ahora se convierten en formas que hacen presente una serie de
cánones y signos, los cuáles son los deseos y aspiraciones de los individuos (no se
admira a esas personas, se admira lo que ellas representan, los signos que portan
consigo). Lo que antes se admiraba, ahora se transforma y se desea. Una transformación
falsa ejecutada para la representación de unos valores, que engañan al individuo y le
conducen a sentir atracción por esos signos.
Todas esas representaciones llevadas a cabo por la televisión, la publicidad, periódicos,
película y en general medios de masas, (no solo ante las representaciones de belleza,
sino que en aspectos generales, como la opinión social o afinidades), pasan a crear la
opinión pública en base a un conjunto de rasgos que caracterizan a una sociedad, a la
que las personas se adecuan, donde ellos mismos acaban por reflejarse en dicha opinión.
“Actualmente, el pueblo soberano “opina” sobre todo en función de cómo la televisión
induce a pensar. Y en el hecho de conducir la opinión, el poder de la imagen se coloca
en el centro de todos los procesos de la política contemporánea.” 12 Crean así un círculo
donde la opinión pública general siempre será la querida, haciendo de la voz de los
individuos un espectáculo en el que es muy fácil entrar y formar parte de él. “Respecto a
las formaciones culturales difundidas e impuestas por las televisiones estatales, el
acuerdo es total. Nunca la tecnología proporcionó al poder un arma más decisiva para el
masivo lavado de cerebros y la imposición de nuevos valores socioculturales:
materialización de la vida como valor excluyente y privilegiado, incitación al consumo
más descabellado.”13
Poco a poco desaparece la identidad individual y colectiva (identidad colectiva como
cultura popular o vínculos de un pueblo, que sirve como nexo de unión entre ellos y
diferenciación entre los demás), con la pérdida de criterio y la individualidad
generalizada, perdiendo las ideas propias y colectivas a través del aislamiento y la                                                                                                                                                                                                 indiferencia de las personas en su relación con el entorno. La identidad personal pasa a
ser colectiva, y la identidad colectiva pasa a ser la individual.

Estas situaciones en las que se ven envuelta los individuos, han sido promovidas por los
medios de masas y el continuo abuso de imágenes, donde la percepción de la realidad y
del Yo, comienza a estar distorsionada y a confundir.
Nos situamos en una nueva era para el ser humano, donde es posible empezar a vivir a
través de pantallas, a disfrutar durante horas con imágenes en movimiento, a no tener la
necesidad de levantarte para ir a comprar, a conocer al amor de tu vida tecleando
preguntas y respuestas pensadas… Nuestra percepción de la realidad cada vez se
encuentra más redefinida, la proliferación del uso de imágenes (tanto estáticas como en
movimiento) y su progresiva ocupación del entorno lleva consigo unos cambios en el
lenguaje y en el funcionamiento del cerebro en las personas. Nuestro lenguaje y
comunicación dio un gran paso en la invención de la imprenta y en la posibilidad de
acceder a la lectura y escritura, pero este avance comenzó a degradarse desde la
aparición de la televisión (y su gran abuso desde edades tempranísimas, y hoy en día
con la colaboración de internet).”La televisión produce imágenes y anula los conceptos,
y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra
capacidad de entender.” Siempre hemos poseído una serie 14 de palabras que designan
realidades o conceptos como casa, perro, pierna o flor, pero también acompañado de
éstas, otras que representan abstracciones, que designan concepciones mentales, como
alegría, eternidad, belleza, política o sabiduría. Dichas abstracciones no tienen
representación, aunque cada vez más, afloran imágenes en nosotros al nombrar este tipo
de concepciones mentales, a pesar de que esa imagen se represente distorsionada, como
un concepto que se intenta visualizar.
Ese pensamiento abstracto que acompaña al lenguaje se reemplaza por un lenguaje de
percepción, es decir, que a causa de los estímulos recibidos (imágenes más lenguaje), se
organiza e interpreta esos estímulos, para darle un significado a una realidad. El
problema reside que, al sustituir poco a poco el pensamiento abstracto para organizar e
interpretar esos estímulos por un pensamiento y lenguaje de percepción, abandonamos
la interpretación de esa recepción de la información. De esa manera, respecto al
lenguaje y al pensamiento, se reduce el uso de palabras y concepciones mentales, y en
ellas también la capacidad de significado.
Lo que vemos en este espectáculo, reflejo de la teatralidad de las distintas estructuras y
organizaciones sociales, es lo que el ojo procesa, y con ese abandono de la
interpretación, lo que el ojo ve, es lo que se interpreta como verdadero.

De todas esas formas, el individuo comienza a situarse en una posición en donde los
valores que le forman como ser humano se degradan, se desvanecen. La obra establece
una conexión con los conceptos tratados del actual estado de las personas en la
posmodernidad. Son representados sin rostro, impersonales, monocromáticos y con una
apariencia de maniquí o muñeco, con el fin de simbolizar un estado social y psicológico
de individuos desocializados, que habitan con el hedonismo y un dramático
egocentrismo.
Personas obsesionadas con el control y sometimiento del cuerpo y del Yo, que
desconocen sus fines y se autocomplacen a través de un capitalismo feroz que les aísla
en su propio vacío. La representación de estos individuos también se relaciona con la
falta de interés, de afecto y emoción con aquello que nos rodea, con una falta y huida de
la sentimentalidad. Interpretados como seres inertes, ambiguos, en los que no sabemos
su estado de ánimo, su edad, no llevan ropa, aunque recurriendo a una figura masculina
para generalizar a las personas. Esto no conlleva ningún tipo de connotación, es una
manera de convertir la identidad individual en colectiva, partiendo de la idea de que la
alusión al ser humano siempre ha sido la del hombre, con ello busco una mayor
identificación con el espectador, un posible reflejo. Aunque en este caso, las figuras de
los hombres son asexuados, ambiguos, lejos del concepto de masculinidad presente en
la actualidad. Así como también para incrementar sensaciones de extrañeza, inquietud o
de teatralidad.
No existe diferencia en la mayoría de ellos, son como clones anónimos, como personas
que conviven o se ven diariamente sin cruzar una mirada o palabra. Cuerpos que se
dirigen al trabajo o a la escuela en una constante búsqueda de un futuro, por lo que no se
paran a disfrutar y valorar el presente. Esa búsqueda constante de unas finalidades
hedonistas va acompañada de una pérdida de los valores más profundos y de unas
relaciones sentimentales con el entorno, convirtiendo todo eso en algo efímero e
inestable que no podemos sostener de una manera fija. El tratamiento del grafito, para
representar los dibujos de este proyecto, mantiene una relación directa con el concepto
que se trata. Utilizando la idea del desvanecimiento, de la incertidumbre de si la imagen
aparece o desaparece, acompañado con la ambigüedad de la obra. Las finas veladuras
funcionan como signo de unos valores que desaparecen en una sociedad sustentada por
la incertidumbre, por la manipulación, el miedo y el control, donde reina la ambigüedad
en la palabra y actos de las personas, y la inestabilidad moral y psicológica se encuentra
en todos lados. Además, a través de un medio tan antiguo y clásico como es el dibujo,
hablo acerca de una situación muy actual. La simpleza del material, conlleva un
tratamiento especial, tanto en los aspectos conceptuales como formales.
Del mismo modo, creo algo incómodo, una indeterminación que juega con la
expresividad de los dibujos y con lo inquietante de ellos como reflejo de los estados
psicológicos de la actualidad, realizando paradojas o escenas teatrales que lleven a la
reflexión. Una incertidumbre que es acentuada por la inquietud y lo ininteligible de los
dibujos realizados, creando paradojas con imágenes expresivas pero inquietantes que
hay que interpretar, ya que existe en las obras un mensaje velado, de la misma manera
que la percepción de la realidad es opaca.

En relación con la percepción de la realidad, también se crean escenarios enigmáticos,
para otorgarles una mayor teatralidad, y escenarios vacíos, para poner la atención sobre
lo representado y acentuar una atmósfera de desvanecimiento. El claroscuro ayuda a la
creación de ese ambiente que produce una carga psíquica que facilita la reflexión en
torno a ellos.
Utilizando las diferentes herramientas presentadas, pretendo que el espectador sea
consciente de la situación actual en la que se desenvuelve y que desarrolle una nueva
percepción ante la realidad con la revelación de esta serie de ideas y conceptos que se
encuentran ocultos y embellecidos, pero están muy presentes.

 


 

1 GIMÉNEZ-FRONTIN, José Luis (1976). 6 Ensayos Heterodoxos. Barcelona: Mandrágora. P.84

2 BAUDRILLARD, Jean (1978). Cultura y simulacro. Barcelona: Kairós. P. 72

3 Ibídem, p.93

4 Ibídem, p. 79

5FROMM, Erich (1985). El arte de amar. Barcelona: Paidós. P. 15

6 Ibídem, pp. 14-15

7 LIPOVETSKY, Gilles (1986). La era del vacío. Barcelona: Anagrama. P.76

8 BAUDRILLARD, Jean (2002). La realidad vital. Buenos Aires: Siglo XXI. P.57

9 DEBORD, Guy (1995). La sociedad del espectáculo. Santiago de Chile: Naufragio. P.11

10 LIPOVETSKY, Gilles (1986). Opus cit., p.169

11 BAUDRILLARD, Jean (2009). La sociedad de consumo. Madrid: Siglo XXI. P.158

12 SARTORI, Giovanni (1998). Homo videns. La sociedad teledirigida. Buenos Aires: Taurus.

P. 22

13 GIMÉNEZ-FRONTÍN, José Luis (1976). Opus cit., p.40

14 SARTORI, Giovanni (1998). Opus cit., p.14